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jueves, abril 24, 2008

Tenemos que hablar

Tenemos que hablar. Sin paños calientes: hay otro hombre. Así es. Sé que no lo vas a entender así de buenas a primeras, pero déjame intentar explicártelo antes de que empieces a gritar...

Sé que hemos pasado muy buenos ratos. Me he reído muchísimo contigo, y desde el comienzo presentí que lo nuestro iba a ser algo bonito y duradero. De hecho, aunque quizá no lo recuerdes, te he presentado a todos mis amigos, que por cierto, están maravillados contigo. Rosapalo está encantada contigo; Libusse, la hermana de mi novia, te idolatra casi tanto como yo. Incluso a su madre le gustas...

Me gusta cómo eres, tu estilo, tus formas, esos dejes tan tuyos al hablar... Nunca me importó que estuvieras casado, ni que tuvieses una niña. Tampoco me importó ser uno más de los muchos que te rondan, ya ves...

Pero últimamente has cambiado. Te amancebas, te dejas de cuidar y pasa lo que pasa. Pero no es eso lo que me preocupa, en serio. De hecho, seguro que mañana mismo (como de costumbre) me demostrarás que sigues siendo ese campeón, capaz de los más asombros y divertidos juegos malabares con palabras y de devolverme la ilusión que un día tuve y todavía tengo. Pero ya no es igual.

Verás, resulta que gracias a unos amigos he conocido a otro. No sé aún nada de él, ni en qué trabaja, ni de dónde es ni a qué dedica el tiempo libere, pero me gusta. Quizá por la misma razón que me gustas tú, por la sencillez, por lo inesperado, por el ingenio, aunque pueda parecer que decaiga... Me gusta por cosas como ésta:

A: Ah. No sé. Al fin y al cabo nos conocemos desde hace mucho tiempo. Claro que durante todo este tiempo he querido estrangularle. De hecho, le invité a tomar café con esa única intención. No lo sé, la verdad, no lo sé. (...)

B: Deberías buscarte una víctima más... fácil.

A: Igual sí. ¿Te apetece un café?

B: Uhm. ¿No querrás... matarme?

A: No, no. No. No, por favor. ¿De dónde habrás sacado esa idea? No. Ja, ja. No, no. No.

B: Ya.

A: Aunque no sería mala idea. Como entrenamiento. Pero no. No, no. Ja, ja. No. Nos conocemos desde hace mucho tiempo y... Vamos, que no.

B: Ya. Bueno.

A: No, no. Ja, ja. No. Qué idea tan absurda.

B: De todas formas, creo que voy a pasar del café.

¿Lo entiendes ahora? No pienses que es que me has dejado insatisfecho, todo lo contrario, sigo esperando fervientemente más cosas de ti, pero he descubierto que hay sitio para más de uno. Y ése es Jaime Rubio. No quiero dejar lo nuestro, simplemente quiero que comprendas que necesito algo más. Que siempre estaré contigo, que espero seguir riendo contigo como lo he hecho hasta ahora. Pero también quiero reírme con Jaime. Quizá resulte que siempre he sido polilectoroso y nunca me he dado cuenta, o no lo he querido reconocer...

Sea como sea tendremos que ver cómo lo sobrellevamos...

Y por si pudiera ser de ayuda para algún lector, y dada la tradición cristiana de este blog, os recomiendo que no leáis lo primero que se os pase por delante. Tened paciencia, esperad, se pueden hacer muchas cosas en lugar de leer... Y cuando creáis que habéis encontrado lo perfecto, cuando notéis ese vínculo místico, leedlo entonces. Y sin guantes, por supuesto.

Hacedme caso, todo lo demás es sufrimiento.

jueves, marzo 06, 2008

El dilema de la hoja en blanco

No importa que sea en papel o en una pantalla. Cuando uno se pone a escribir, se enfrenta a un gran reto. Juntar ideas, encontrar la forma de narrar, crear personajes... Ningún hombre sabe, ni sabrá, lo que es parir. Una primeriza lo sabe en el momento, nunca antes. Escribir no duele tanto. Pero del mismo modo, nadie sabe lo que es escribir hasta que lo hace. Y yo no lo hago.

Me gusta la idea de escribir. Aunque no me tomo demasiado tiempo en revisar, agradezco la fluidez que me asiste. Quizá no profundizo precisamente por esa fluidez. Las mayores virtudes de una persona son también sus mayores defectos, dicen. Pero de qué sirve la fluidez si el escrito está hueco. Y del mismo modo, de qué sirve el contenido si va envuelto en el periódico usado para envolver sardinas. El dilema del escritor, al que se enfrentaron los grandes y los pequeños, dilema derrotado por aquéllos y vencedor de éstos. Dilema al que a veces me planteo enfrentarme, pero del que huyo como huye una liebre del menor ruido. Porque no tiene sentido hacer un castillo de arena de cuatro torres y murallas cuando al lado él ha construido el Palacio de Versalles.

No es justo decir que escribo a su sombra, porque ni siquiera escribo. A veces creo que tengo cosas interesantes que contar, incluso un par de guiones o alguna idea genial. Generalmente no lo escribo, a veces por vagancia, a veces por desidia, a veces porque ni siquiera me creo que yo sea capaz de escribir algo mínimamente decente. Pero si se diese la casualidad, si este burro que teclea pudiese, por tan sólo una vez en su vida, hacer sonar la flauta, jamás sería capaz de contar algo como él lo hace.

Canalizo mi ira, mi desidia y mi rencor hacia él. Veo mis miserias y las echo en su jardín, para así poder señalarle con el dedo y tener alguien contra quien blasfemar. ¿Para qué voy a escribir nada, si de antemano sé que él siempre lo hará mejor?

Muchas veces te odio, Hernán. Pero te admiro todas.

¿Que por qué escribo esto? Porque lo ha vuelto a hacer y porque sé que lo seguirá haciendo. Ha vuelto a escribir y a sentar cátedra. Y por eso, por lo grande que es, sé que siempre seré pequeño. La única cosa en claro que puedo sacar de esto, es que cuando sea mayor, quiero ser como Hernán.

Hasta entonces, gracias, maestro.

jueves, diciembre 13, 2007

No somos dignos

Ya ven, de vez en cuando me gusta intentar escribir. Como lo que contaba ayer. No es un relato muy elaborado, ni siquiera está profundamente meditado. Se me fue ocurriendo poco a poco, lo fui modelando, tardé mucho en ver cómo hacía el final, intenté darle un ritmo...

Y al final quedó como quedó. No se pueden pedir aceras al olmo. Pero feliz y contento, que esto es más un acto de onanismo que otra cosa, y si puedo compartir sus frutos con ustedes, pues genial... Mmmm... quizá lo de "los frutos" no queda bien tan cerca de "onanismo"... Pero me van a perdonar, se me ha gastado la tecla de borrar...

A lo que iba, que me gusta escribir. Reconozco mis limitaciones y todo eso, pero cuando uno de los grandes, Hernán Casciari, escribe algo como lo de hoy, una luz me ilumina desde el techo y por mi boca sale una estela dorada al tiempo que escapa de mí un mantra que dice: "Hernán, no soy digno de que entres en mi blog, pero una historia tuya bastará para deleitarme"

No se lo pierdan, es la madre de todas las desgracias